sábado, 17 de noviembre de 2007

VIDA Y COSTUMBRES DE LAS HORMIGAS

Las hormigas, el cuerpo de estos insectos está dividido en tres partes distintas: la cabeza, el tórax y el abdomen, cada una con funciones propias e independientes entre sí, El tórax está unido al abdomen por medio de una fina membrana móvil y articulada, que recibe el nombre de pedúnculo. Cuando se observan estas tres divisiones con detenimiento se notan inmediatamente sus diferencias esenciales. La cabeza posee las antenas y el aparato bucal; el tórax encierra el principal centro nervioso y a él se hallan unidas las patas; en el abdomen están alojados los órganos de la digestión y de la reproducción. Analicemos ahora separadamente cada una de las partes; en primer lugar hablaremos de las antenas, órganos que desempeñan un papel muy importante; éstas son móviles, articuladas, capaces de realizar movimientos autónomos y —hecho que permanece totalmente inexplicado— constituyen verdaderos instrumentos de comunicación, pues reciben, a distancias variables, mensajes que luego pueden retransmitir. Este fenómeno hace que se compare las antenas de las hormigas con puestos emisores y receptores. Otro órgano que provoca asombro son los ojos, a los cuales están unidos los ocelos, que tienen por misión aumentar considerablemente el campo visual. Los ojos son de gran tamaño y ocupan casi todo el volumen d la cabeza. El aparato bucal es más extraño aún: las hormigas poseen, en efecto, verdaderos labios: el labio superior es ancho y el inferior más corto. Las mandíbulas son prominentes y están dotadas de una fuerza extraordinaria. Representan para el insecto las armas de ataque y de defensa y funcionan, según el caso, como cizallas, pinzas, tenazas, sierras, cuchillos, binaderas o azadones.
Las patas, en número de seis, como en los otros insectos, son sumamente delgadas y ágiles, y aunque privadas de verdaderos músculos, poseen una resistencia excepcional. En el abdomen, además de los órganos de la digestión y de la reproducción, están situadas dos glándulas especiales que producen el ácido fórmico, de característico olor y con valiosas propiedades químicas. La hormiga utiliza esta sustancia para dejar a sus compañeras una huella de su paso e indicarles la dirección que deberán seguir.
Muy a menudo, las colonias ó las ciudades de las hormigas son subterráneas, con diferentes galerías y salas dispuestas en varios pisos. En una vasta pieza, donde existe un cierto grado de calor y humedad, la reina pone sus primeros huevos, pequeños, redondos y blancos; de ellos salen las larvas, cuyo aspecto es el de gusanitos, blancos, débiles e incapaces de nutrirse. Son las obreras las encargadas de alimentarias, una por una, hasta que lleguen al estado de ninfas. En ese momento, las reinas depositan una nueva serie de huevos, esta vez en cantidad más importante, y es necesario entonces agrandar la morada.
Durante este tiempo, de los huevos de la primera postura salen hormiguitas, muy débiles aún y que apenas se sostienen sobre sus patitas amarillentas. Felizmente el período de educación es breve y las recién nacidas, casi todas obreras, están ya capacitadas para ocuparse de los seres que habrán de nacer de la segunda postura y para colaborar en los trabajos de ampliación del hormiguero.
Nos ocuparemos a continuación de este hormiguero, sin duda muy diferente al de la pequeña vivienda inicial.
Al final del verano, llegada la plena evolución de las hormigas, la reina y el macho, ambos provistos de alas, parten para el vuelo nupcial. Al regreso, la reina se arranca las alas y el macho muere la misma noche de la boda. Donde posa la reina origina una nueva colonia a la que se incorporan algunas hormigas neutras que la acompañan y le prestan auxilio.
Comprende seis o siete pisos, a los cuales se llega por medio de galerías acodilladas, construidas primero en forma vertical y luego horizontalmente, donde se descubre una sucesión de vastas salas con altos techos, cuyas bóvedas están sostenidas por briznas de paja, semillas y pequeños guijarros. En estas piezas son acumuladas y seleccionadas todas las riquezas que las obreras obtienen en sus correrías.
El interior de un hormiguero se asemeja a una gran metrópoli presa del delirio de trabajo. Los millares de hormigas que allí habitan no se permiten ni un instante de reposo: de una sala a otra, de un piso a otro, es un vaivén incesante de dos corrientes que se desplazan en direcciones opuestas, sin que en ningún momento la una interrumpa el curso de la otra.
En esta magnífica organización, cada hormiga tiene una tarea bien definida y la cumple escrupulosamente a lo largo de toda su vida. Naturalmente, las dos actividades principales son el almacenamiento de las provisiones y el cuidado de la progenie. Consideremos la segunda tarea. Observemos esas hormigas que tienen la misión de cuidar a los nuevos seres desde su nacimiento hasta el momento en que serán capaces de bastarse por si mismos y ser útiles a la comunidad. Las “nodrizas” jamás abandonan la vivienda, salvo en caso de peligro; se dedican a transportar los huevos de las larvas y las ninfas de un piso a otro; este trabajo, que podría parecer inútil y grotesco al observador, tiene, sin embargo, una fundamental importancia, pues se relaciona estrechamente con las condiciones atmosféricas y las variaciones de temperatura. En efecto, durante las horas de mayor calor, los huevos, las larvas y las ninfas son descendidas a los pisos inferiores, donde la atmósfera es más fresca, y cuando la temperatura exterior desciende comienza el trabajo inverso. Otras obreras están encargadas de buscar y acarrear de los alrededores el alimento para las “nodrizas”.
En la sociedad de las hormigas, cada miembro tiene una tarea perfectamente establecida: la de la hormiga reina es la de poner los huevos, mientras que las obreras están encargadas de nutrir a las larvas.
La búsqueda del alimento no necesita ser explicada, pues todos hemos visto, alguna vez, largas filas de hormigas cargadas de pequeños granos, de miguitas, de briznas de paja, en fin, de todo aquello que puede ser introducido en el hormiguero y almacenado en los depósitos.
La habilidad y el trabajo incesante de las hormigas se manifiestan en la construcción de su vivienda, compuesta de galerías distribuidas en varios pisos y celdas destinadas a las diferentes ocupaciones.
Las obreras no ponen huevos; se distribuyen en dos categorías: las obreras propiamente dichas, y los soldados, hormigas más robustas y provistas de temibles mandíbulas. La tarea de estas últimas es la de defender el hormiguero y atacar otros con menor defensa. Existen variedades de hormigas, como los políergos, que se consagran exclusivamente a este género de actividad. Estas hormigas, una o dos veces por año, atacan las ciudades de otras especies menos vigorosas y más pacíficas; allí exterminan a las obreras y a las nodrizas, y se apoderan de los huevos, las larvas y las ninfas, que luego transportan a su morada subterránea. De estas larvas robadas, a su debido tiempo nacen hormigas, condenadas a la esclavitud por el resto de su vida.
Algunas variedades son migratorias, es decir, que se trasladan con armas y equipaje de un lugar a otro, de una zona considerada peligrosa y pobre en alimentos a otra más favorecida. Se ve, entonces, una compacta masa de insectos que se desplazan en perfecto orden: al frente y a los costados avanzan los soldados y los exploradores, atentos siempre y dispuestos en todo momento a señalar el peligro y enfrentarlo; luego marchan las obreras cargadas con su preciado fardo.
En el caso de que otro ejército enemigo pretendiera interceptarles el paso, se entabla la batalla. Los soldados de ambos bandos, la cabeza erguida y las mandíbulas abiertas, se lanzan al combate; la lucha se prolonga hasta que uno de los dos grupos emprende la fuga.
Sin embargo, éstas que acabamos de citar no son todas las actividades que desarrollan las hormigas; hay algunas de ellas, en efecto, que se ocupan de la cría de afidios (insectos que viven como parásitos en los árboles), a los que hacen objeto de celosos cuidados; las hormigas, en efecto, los protegen y los nutren abundantemente, a cambio de lo cual los afidios se dejan extraer el liquido azucarado que encierran en sus cuerpos.
El líquido azucarado contenido en el cuerpo de los afidios (pequeños insectos, parásitos de los árboles) hace las delicias de las hormigas, que atacan a estos animalitos con el único propósito de succionarles esa sustancia dulce.
Hay también hormigas campesinas que siembran granos cuidadosamente seleccionados, en un pequeño terreno circular que rodea el hormiguero. En tiempo debido, realizan la cosecha y almacenan el producto de la misma.
Después de una lluvia violenta que pudiera, por infiltración del agua en el suelo, mojar las provisiones, éstas son rápidamente expuestas al sol y los desperdicios separados.
Existen además algunas variedades de hormigas que cultivan hongos, para lo cual preparan sabiamente el terreno: disponen para ello varias capas de hojas cortadas en pequeños trozos cuya masa esponjosa y fértil produce magníficas cosechas.
Numerosos sabios y escritores han consagrado gran parte de su existencia a penetrar en el maravilloso mundo de las hormigas. Nos limitaremos a citar tres de los mas importantes: Réaurnur, el entomólogo Fabre y Mauricio Maeterlinck.